martes, 24 de marzo de 2026

Aqualung: El Cantor.

 

                                                                     José Ignacio Ezquerra

La luna llena gobierna la noche, la luz blanca se refleja en los carriles por los que los trenes caminan a lo largo del día.

Reside en el Cerro de la Plata, junto  a las vías y bajo el puente. 

Otrora vivió en mejores haciendas, tuvo honores, reconocimiento y cantó en grandes escenarios, aquellos que hacen del hombre, un artista.

Entonces aplausos, escuchas atentas y giras por tierras propias y lejanas, se forjó la leyenda.

Su voz, la prolongación de su alma, ese alma de la que vive y disfruta el artista, ese alma que comunica, embellece y pone la piel de gallina.

Su vida la Música, la música su existencia, su herramienta, el bel canto.

Su voz clara, profunda y luminosa peregrina por la bóveda celestial.

Una vida de éxito que le alejó de quienes más le quisieron. La cara de la otra moneda, el lado oscuro de la luz.

Una carrera brillante amasando fortuna y perdiendo afecto.

Llegado el momento todo se rompió y caído en depresión, de él todos se olvidaron.

Ya no canta el ruiseñor, ahora canta el mudo en medio del desierto.

Ya no truenan los aplausos, ni los vítores, ahora se escucha el silencio de los melómanos invisibles.

La “voz aguardentosa” confunde tanto el día como la noche derramando el lamento de un genio doliente.

Una lluvia de lágrimas furtivas recorre sus mejillas entrecortando la voz que se ahoga en sí misma.

Soledad, pobreza y la fidelidad del mejor amigo del hombre es todo lo que le queda de lo que un día fue, eso y el sello de oro en el dedo anular.

Soberbia, crueldad, ambición y codicia encarnadas en una sombra aparecida de la nada, como un fantasma bajo la lluvia, que apagó para siempre el “canto del cisne”. 

Conocido en vida como Aqualung, ignorado por siempre.   

© Enrique Farelo, 2026

 P.D. basado en un hecho verídico que me aconteció hace tanto que no sé como lo recuerdo. 


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