Iba apurada, sin tiempo, se me habían pegado las sábanas. Llegaba tarde y eso me estresaba. El primer día de trabajo y llegaba tarde.
Corro hasta perder aliento por el vestíbulo hasta alcanzar el ascensor, pulso el botón de llamada. El ascensor se detiene, se abre la puerta. Es extraño no me encontré con nadie, ni en el edificio ni en el ascensor. Pulso el botón para acceder a la decimotercera planta.
El denso silencio se rompe por los altavoces del propio ascensor. La letra es una repetición enfermiza, un bucle sin fin que taladra el cerebro y rompe la capacidad de pensar. Una voz gutural como un berrido pronuncia palabras machistas y sensuales, ¿Bad Bunny?
El ascensor llaga a su destino pero no se abre. Me encuentro frente al espejo y me angustio. No sé qué hacer. ¿Por qué no he visto a nadie? La puerta no se abre, el botón de emergencia no responde y no tengo cobertura en el móvil. Estoy perdiendo el control y empiezo a tener miedo. La puerta no se abre….no se abre….
El correr de las puertas se mezcla con la música y salgo despavorida y liberada.
No soy libre esa voz que llevo en mi cerebro lleva el nombre del virus del que me he infectado: reguetón.
© Enrique
Farelo, 2026

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