Casi cinco décadas tras la pista de un dato imposible. Cinco décadas de búsqueda incansable, de consultas a músicos profesionales, a músicos de prestigio dentro del ámbito de la llamada “Música culta” e incluso a todo melómano o simplemente aficionado.
Aunque sin desmallo y siempre teniendo presente la idea en mi mente, confieso que parecía imposible comprobar un dato tan escurridizo y del que nadie parecía haber oído hablar.
La premisa de la que partí fue un programa de TVE, cuyo nombre, creo recordar, obedecía al de La buena Música, donde un musicólogo, no recuerdo su nombre, argumentaba que Beethoven había cogido “prestado” de Mozart, un motivo de su Concierto para piano y orquesta No. 25, en Do mayor K 503 para su laureada y reconocida obra, Quinta sinfonía en Do menor.
Ese “préstamo” viene reflejado de manera clara en el primer movimiento de dicha y emblemática sinfonía.
Durante mucho tiempo pensé que esa coincidencia podría tener que ver con el inconsciente colectivo y los arquetipos del psiquiatra y psicólogo suizo Carl Gustav Jung. Desconocía que Beethoven, que nació en 1770 contaba con 14 años menos con respecto a Wolfgang Amadeus Mozart (enero de 1756); un Mozart que con 8 años compuso su Primera sinfonía (en mi bemol mayor, KV 16) y su primer oratorio (Die Schuldigkeit des ersten Gebotes, KV 35) a los nueve años.
¿Entonces cómo es posible que Ludwig no reconociera la autoría de dichas obras?
Dos motivos podemos considerar como muy próximos a la verdad, uno por ser un joven compositor al que en sus comienzos no le importaba reconocer la autoría de artistas reconocidos, y dos, que tanto la Quinta como la novena sinfonía (1808/1824) son obras maestras de un profundo calado, creadas en la madurez cuando ya contaba con un reconocimiento y fama como compositor lo que dificultaba en gran medida admitir que la autoría debía ser compartida.
Es evidente que el compositor alemán se sirvió del olvido y la escasa difusión de estas dos obras “menores”, más Misericordias Domini, que el Concierto para piano y orquesta; téngase en cuenta que en el siglo XVIII no existían registros sonoros (que no llegaron hasta finales del siglo XIX) y que la interpretación y difusión de las obras podría ser escaso lo que facilitaría el desconocimiento de las mismas.
Es difícil suponer que Beethoven no plagiara estos fragmentos que fundamentaron dos de sus sinfonías más importantes, bien, por haber trabado conocimiento con las partituras, y quién sabe si por interpretación de las mismas en sus inicios.
Solo cabría la explicación de que Beethoven guardara en su memoria de manera inconsciente ambas músicas y las sacara a relucir en su madurez. Particularmente descartaría esta posibilidad por ser un hecho demasiado casual.
Usar una obra sin acreditar la autoría constituye un plagio y un delito, algo de lo que se salvó nuestro divino Ludwig van (tal como se refiere el protagonista Alex DeLarge, Malcolm McDowell, en La Naranja Mecánica) simplemente porque nadie se dio cuenta en su tiempo y él supo salvaguardar con esmero.
La actitud éticamente reprobable de Beethoven, solo se puede disculpar por su innegable genio que no le resta ni un ápice a sus dos grandes sinfonías.
© Enrique Farelo, 2026


























